
Hay un momento del trabajo artístico que ocurre a solas, mientras estamos en nuestro propio proceso introspectivo. En la calle, en un museo, en el estudio, frente a una pieza, una imagen o un texto aparecen las ideas. Pero también hay otro momento que para mí es igual de importante: el que ocurre cuando compartimos y nos exponemos al otro. Allí donde mostramos por primera vez el trabajo, las dudas, los descubrimientos, las cosas que estamos mirando. Conversar sobre arte, vida, filosofía y procesos. Mostrar una pieza que todavía no está terminada o escuchar lo que está haciendo el otro. Reírnos de una idea absurda. Hacer algo simplemente porque nos provoca hacerlo.
Esta imagen nació de uno de esos días. La tomé en 2022 en Acción Cerámica, en Caracas, cuando compartía ese espacio con muchísimas personas: alumnos, artistas, ceramistas, amigos. Daniel había hecho estas pequeñas figuras amorfas y, apenas las vi, sin pensarlo mucho me las puse en los dedos, salí al balcón del taller y tomé la foto.
Tres años después me encuentro nuevamente con esa imagen, que me sigue gustando tanto, y decido hacer este pequeño video con inteligencia artificial. Otra vez sin demasiadas pretensiones. Solo por jugar, porque me hizo gracia, porque quería ver qué podía ocurrir.
Y quizás precisamente allí está algo que a veces olvidamos cuando hablamos de creatividad.
Marián Angulo —@aangulo— escribió en su correo del 11 de octubre de este año sobre esa relación entre creatividad y diversión. Para ella ambas están íntimamente ligadas, y habla también de crear desde la tranquilidad del juego. Esa idea me gusta mucho porque devuelve el acto creativo a un lugar menos solemne: experimentar, probar, equivocarse, divertirse y permitir que aparezcan cosas que probablemente nunca habríamos podido planificar.
El actor sabe mucho sobre esto, por ejemplo. Jugar es parte de su trabajo. Probar una acción, cambiarla, exagerarla, equivocarse, repetirla, reaccionar a lo que hace el otro. Muchas veces algo aparece precisamente porque no se estaba buscando de una manera consciente.
También pienso que ese estado se alimenta de los otros. Durante los años en que compartí espacios como Acción Cerámica, muchas ideas nacieron de conversaciones que parecían no tener importancia. De mirar lo que alguien estaba haciendo en una mesa cercana. De hablar mientras trabajábamos. De preguntar: ¿cómo resolviste esto?, ¿qué estás leyendo?, ¿qué viste?, ¿qué te interesa últimamente? De descubrir materiales, artistas, libros y maneras distintas de pensar porque otra persona los puso delante de nosotros.
Daniel —@danielguerra.art — hizo estas figuras. Las vi y me encantaron así que decidí ponérmelas en los dedos inmediatamente e hice clic en el balcón del taller. Años después, una herramienta de inteligencia artificial las recrea en movimiento.
Ese pequeño recorrido también es un proceso creativo. Por eso cada vez valoro más tener cerca personas con quienes conversar sobre lo que hacemos, sobre todo cuando el camino se vuelve cada vez más solitario para quienes emigramos. Mantener ese contacto, no necesariamente para recibir opiniones o buscar aprobación, sino simplemente para que las ideas sigan circulando.
Creo que crear necesita también de esos espacios informales y, sobre todo, necesita conservar algo del juego. Porque a veces estamos tan preocupados por hacer una buena obra, construir un lenguaje, desarrollar un proyecto o encontrar un sentido, que olvidamos algo muchísimo más elemental: también empezamos a hacer cosas porque hacerlo es divertido.