10/01/2026 @ars.hdt Las formas que vuelven

Hace unos días conversaba con una amiga ceramista sobre el lenguaje, sobre ese sello personal que hace que, con solo mirar una pieza, puedas decir: esto es de fulanito de tal.

Desde que entras en una escuela de arte, una de las preguntas más persistentes es cómo encontrar un lenguaje propio. Todos —porque creo que nadie se libra— atravesamos ese momento de duda: mirar hacia afuera y mirar internamente, probar caminos distintos, preguntarnos qué hace única una obra o una manera de hacer.

La búsqueda puede sentirse larga, incluso confusa. A veces pareciera que ese lenguaje personal estuviera en algún lugar lejano, esperando ser descubierto de una vez y para siempre.

Mi experiencia ha sido otra. El lenguaje no me ha llegado como una revelación. Han sido años de trabajar y trabajar, mientras presto atención a mis procesos, a mis intereses y aquello hacia donde naturalmente me inclino. Mi camino ha sido mucho más silencioso: paso a paso. Y es precisamente en eso que vuelve donde he empezado a reconocerlo.

Rilke escribió sobre la necesidad interior como origen del trabajo creativo. Esa idea siempre me ha resultado poderosa. Hay formas, materiales y procedimientos que regresan una y otra vez a nuestras manos, incluso cuando intentamos apartarnos de ellos. Volvemos porque allí existe una afinidad, una pregunta abierta, algo que todavía no hemos terminado de explorar.

Pienso en eso cuando trabajo con placas. Hay algo en la placa sencilla que me atrae desde hace mucho tiempo. Me interesa su frontalidad, su economía y esa manera directa de ocupar el espacio. Me gustan también los azulejos y las formas planas, simétricas o asimétricas. Hay algo en ellas que siempre siento como una invitación.

Una superficie puede convertirse en muchas cosas. Puede ser territorio, imagen, fragmento, objeto, señal. Puede recibir color, dibujo, textura o permanecer casi desnuda. Sus límites están allí, perfectamente visibles, pero dentro de ellos cabe todavía muchísimo.

Anni Albers entendía muy bien que el material también enseña. El trabajo ocurre en ese diálogo entre lo que imaginamos y lo que la materia permite, propone o incluso contradice. En ese sentido, la placa ha dejado de ser para mí solamente una técnica. Se ha convertido también en una manera de pensar. Trabajar con ella me obliga a atender el borde, el grosor, el peso, la superficie, el contorno. A decidir cuánto intervenir y cuánto dejar quieto. Esa afinidad se fue haciendo visible a través de la práctica. Por eso he empezado a pensar que el lenguaje propio quizá se descubre, sobre todo, prestando atención. Prestando atención a lo que insiste.

A las imágenes que regresan.
A los gestos que repetimos.
A las formas que seguimos dibujando.
A los materiales hacia los que volvemos sin saber muy bien por qué.

En estas piezas recientes aparecen unas lunas planas. Son formas muy simples, casi signos. Me interesa que conserven la contundencia de una silueta y que, al mismo tiempo, puedan abrir un espacio imaginario.

Agnes Martin trabajó durante décadas con estructuras que regresaban una y otra vez: líneas, retículas, campos sutiles, variaciones mínimas. Esa repetición nunca significó hacer exactamente lo mismo. Al contrario, cada regreso afinaba la mirada. Creo que hay algo importante allí. Repetir es una forma de investigar y para nadie es un secreto.

Descubrir un lenguaje propio implica reconocer ciertas lealtades. Algunas son temáticas. Otras son formales. Algunas están en la manera de tocar el material, en un tipo de superficie, en una proporción, en un ritmo o en una forma que insiste.

En mi caso, la placa, las formas planas, los azulejos, los murales cerámicos dibujan una pequeña constelación que sigo de cerca. Todavía no sé exactamente adónde conduce, y quizás tampoco necesito saberlo. Por ahora me interesa seguir mirando aquello que vuelve, trabajar sobre ello y permitir que cada pieza me lleve un poco más lejos.

Tal vez encontrar una voz tenga mucho que ver con esto: reconocer las formas que nos llaman, seguirlas durante suficiente tiempo y dejar que, poco a poco, nos enseñen a hablar.